Elizabet Bueckert, de 33 años, se despidió de su caballo castaño con un sincero susurro: “Este es el último viaje. Les pido perdón, pero llévenme rápidamente”. Era el ocaso del 17 de enero de 2026, en la colonia menonita ortodoxa La Nueva Esperanza, ubicada en la provincia rural de La Pampa, Argentina. Ese día, Elizabet había pasado horas resguardándose con sus dos hijas, María y Anna, en un cobertizo, tratando de escapar de los insultos de su esposo. Sentía que finalmente había llegado el momento que tanto había anhelado.
Con sus hijas en la carreta, empacó algunas ropas y el dinero que había ahorrado a escondidas. Usando un teléfono celular, envió un mensaje a su amiga Katherina Neufeld para avisarle que se estaban marchando. Al salir, su esposo intentó detenerla sujetando las riendas del caballo. Sin embargo, el animal respondió a su llamado, liberándose de la contención y permitiendo que Elizabet continuara su fuga.
Hicieron una rápida parada en el taller donde trabajaba Pedro, quien había pedido a Elizabet que retrasara su salida hasta cumplir 18 años para poder irse también. Sin dudarlo, se unió a ellas con solo la ropa que llevaba puesta. Juntos se dirigieron a la casa de Katherina, donde había solicitado un auto, lista para escapar junto a sus cuatro hijos, que tenían edades entre cinco y nueve años. Los tres adultos y los seis niños se acomodaron en el vehículo, que se deslizó hacia el horizonte anaranjado de las pampas.
Mennonitas en La Nueva Esperanza
La colonia menonita de La Nueva Esperanza, hogar actual de 1,948 personas, se estableció en 1985 cuando un grupo de cuatro cristianos ortodoxos llegó desde México a una de las áreas más despobladas del continente. Su objetivo era encontrar un lugar adecuado para vivir de acuerdo con los principios de su fe y llevar una vida de sacrificio, buscando la salvación en el fin del mundo, un evento que siempre consideran inminente.
Al llegar a Argentina, los menonitas plantearon demandas no negociables al gobierno: hablar su lengua, un dialecto alemán arcaico; estar exentos del servicio militar; y que sus hijos pudieran quedarse en casa en vez de asistir a la escuela. El gobierno argentino aceptó a cambio de su promesa de revitalizar una región olvidada, lo que hicieron rápidamente al adquirir un rancho de 10,000 hectáreas.
En la actualidad, La Nueva Esperanza cuenta con 140 talleres de metalurgia que producen silos para todo el país. La vida dentro de la comunidad está regida por estrictas normas sobre quién puede salir y quién no, a pesar de la ausencia de muros físicos que limiten su acceso.
Fugas y realidades
Hasta el 17 de enero de 2026, solo una mujer había logrado escapar de la colonia: María Unger Reimer, quien a los 16 años intentó fugarse por primera vez, pero fue llevada de vuelta a la colonia y severamente castigada. Tras varios intentos fallidos, logró escapar en 2019, mudándose a Tucumán con un hombre menonita. Su historia refleja un ciclo común de violencia, control y autoritarismo que viven muchas mujeres dentro de la comunidad.
Las historias de Elizabet, Katherina y María comparten elementos similares: infancias marcadas por el trabajo duro, esposos abusivos y la presión de una comunidad que castiga cualquier atisbo de descontento. Tras su fuga, Katherina y Elizabet se encontraron en un motel en Macachín, donde recibieron una visita inesperada de miembros de la colonia que intentaron recuperar a los hijos de Katherina.
Desafíos tras la huida
Katherina, de 30 años, actualmente vive en una habitación de hotel en Santa Rosa. Mientras sus hijos se adaptan a la escuela, ella enfrenta el reto de construir una nueva vida lejos de la colonia. A pesar del apoyo económico recibido, la adaptación es complicada, ya que las experiencias previas limitan su autonomía.
María también lidia con las repercusiones de su huida, habiendo obtenido la custodia legal de sus hijas, quienes aún residen en la colonia. Su situación refleja la continua vulnerabilidad y el acecho del grupo hacia aquellas que buscan la libertad.
Elizabet, por su parte, se encuenta en un apartamento pequeño y escaso de luz, trabajando como limpiadora a tiempo parcial, mientras sus hijas, también separadas de ella, sufren las consecuencias emocionales de haber sido alejadas de su madre.
El impacto cultural en sus vidas
El abogado Martín Saravia destaca que la identidad cultural en la colonia actúa como una carga para las mujeres, ya que las normas son más severas para ellas en comparación con los hombres. Las presiones sociales y la falta de habilidades educativas limitan en gran medida sus chances de integración exitosa en la sociedad externa.
Las tres mujeres enfrentan constantes hostigamientos tras su huida, tanto mediante mensajes electrónicos como en persona. La búsqueda de libertad no solo implica escapar físicamente, sino también luchar contra la brutalidad emocional y cultural de una comunidad que intenta recuperarlas, incentivada por la percepción de propiedad sobre sus vidas.
En este contexto, Elizabet, Katherina y María caminan hacia un futuro incierto, enfrentando la lucha por su autonomía y la protección de sus hijos, mientras construyen nuevas identidades lejos de los muros de La Nueva Esperanza.