En la cárcel de San Joaquín, ubicada al sur de Santiago de Chile, aproximadamente 800 mujeres cumplen condenas, la mayoría por delitos menores. Un gesto de solidaridad ha surgido entre ellas tras la devastadora noticia de los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que afectaron a la ciudad de La Guaira, a unos 30 kilómetros de Caracas, Venezuela. Las internas de la penitenciaría organizaron una colecta que recaudó un total de 375.480 pesos chilenos (cerca de 400 dólares).
La iniciativa se tomó poco después de los seísmos, en una misa celebrada el 5 de julio. La hermana Nelly León, capellana de la cárcel y miembro de la Congregación del Buen Pastor, instó a las internas con una frase que resonó en su comunidad: “Nadie es tan pobre como para no tener nada que dar, ni tan rico como para no tener nada que recibir”. Esta reflexión motivó a las reclusas a aportar parte de sus escasos recursos para la causa.
El sacerdote jesuita Jorge Costadoat, quien se encontraba reemplazando a un compañero en la capilla, se mostró conmovido por el acto de generosidad. Al finalizar la misa, presentó un pequeño papel donde había anotado el monto inicial de la colecta. Posteriormente, la cifra aumentó con una donación adicional de 80.000 pesos, llevando el total a 375.480 pesos chilenos. Todo el dinero fue transferido a Caritas de Chile para ser enviado a su equipo en Caracas.
Los terremotos del 24 de junio en Venezuela han tenido un impacto devastador, dejando más de 5.100 muertos y más de 16.700 heridos, además de miles de desaparecidos. Las autoridades informaron que más de 128.300 familias han sido afectadas, y 17.907 personas han perdido sus hogares. Según la ONU, los daños en infraestructura y viviendas podrían ascender a unos 37.000 millones de dólares.
La hermana Nelly León, que ha trabajado 21 años en la cárcel de San Joaquín, ha observado que la población reclusa en Chile es diversa e incluye a mujeres migrantes de varios países, como Perú, Bolivia, Argentina y Venezuela. León afirma que las familias de las internas venezolanas están bien y que planean enviar mensajes de apoyo a sus seres queridos. Sin embargo, están trabajando en establecer un contacto directo en Venezuela para facilitar la comunicación.
Históricamente, las internas en la cárcel de San Joaquín han mostrado solidaridad en diferentes crisis. Durante la pandemia, algunas renunciaron a sus raciones de comida para donarlas a comedores en sectores vulnerables. En el terremoto de 2015 en el norte de Chile, muchas también ofrecieron su ayuda. “A veces la sociedad civil ignora que detrás de los barrotes hay personas. Se tiene la percepción de que todas son malas, pero hay mujeres solidarias que sienten el dolor de los otros”, destaca León.
La historiadora Ana María Stuven también ha reflexionado sobre la recaudación de fondos de las reclusas, afirmando que «la solidaridad no se pierde por estar en una cárcel». Según Stuven, quienes se encuentran en prisión a menudo carecen de recursos, lo que no impide que tengan algo que aportar. Ella, que es doctora en historia por la Universidad de Stanford y presidenta de la ONG Corporación Abriendo Puertas, se dedica a capacitar a reclusas en oficios para facilitar su reinserción laboral.
Stuven observa que la mayoría de las mujeres en prisiones chilenas cumplen condenas por delitos ligados al microtráfico de drogas y otros crímenes menores. También señala que, al limitar sus redes de apoyo y enfrentar dificultades para la reinserción, no solo no se reduce la delincuencia, sino que también se incrementa la reincidencia. “Es fundamental desarrollar programas adecuados de reinserción”, concluye.