En 2009, un viaje a Portugal se transformó en una experiencia memorable. Durante una estadía en este país, el reconocido fotógrafo Daniel Mordzinski me llevó a una playa, donde capturó imágenes de mí saltando desde una plataforma hacia la arena. Mi entusiasmo fue tal que terminé rompiendo uno de mis tacones. En ese entorno también tuve el placer de conocer al escritor mexicano Gonzalo Celorio, cuya compañía resultó ser sumamente divertida, desafiando la imagen solemne que inicialmente tenía de él.
Celorio, al enterarse de mi próximo destino, Madrid, dibujó una servilleta que representaba la ciudad: indicaciones sobre el Museo del Prado, Lavapiés y cómo disfrutar del Parque del Retiro. Además, me proporcionó su número de teléfono para mantener el contacto en caso de ser necesario.
Reflexiones sobre Madrid y la Pérdida de Familiaridad
Recientemente, mientras corría por el Parque del Retiro, recordé esa servilleta y me reflexioné acerca de Madrid, una ciudad que no es mi hogar, pero que conozco lo suficiente como para navegar por sus calles. Sé dónde encontrar pegamento para mis botas, saludo a los dueños de los bares y a los libreros, y puedo avanzar con seguridad por sus caminos. Sin embargo, en un contraste con esa familiaridad, viví una experiencia desconcertante en Buenos Aires, la ciudad que ahora me alberga.
En una reciente visita a un barrio alejado de Buenos Aires, utilicé el subte para desplazarme. A pesar de haber dominado en el pasado las complejas conexiones del transporte público, me perdí. La confusión me generó una sensación de miedo y tristeza, cuestionando cómo era posible que una ciudad que solía conocer tan bien ahora me resultara tan ajena. Con la ayuda del GPS, logré encontrar la línea correcta y llegué a un lugar que se sentía extraño y desconocido.
La Identidad en Espacios Cambiantes
El ambiente se volvía cada vez más surrealista, como si los recuerdos de familiaridad se desvanecieran, convirtiendo todo en una mera escenografía. La voz del GPS me sacó de mis cavilaciones: “Has llegado”. Así, me encontré en mi destino: sola, en una ciudad desconocida, sin la servilleta que me ofreciera un mapa y sin ningún teléfono al que llamar por ayuda.