En las últimas décadas, la industria textil ha enfrentado crecientes cuestionamientos debido a su impacto ambiental, profundamente ligado al modelo de negocios conocido como fast fashion. Este enfoque ha llevado a un diseño de productos, como vestuario y alfombras, destinado a tener una vida útil corta, fomentando así el consumo de prendas de menor duración. Este ciclo de sobreconsumo no solo contribuye a la rápida degradación del medio ambiente, sino que también origina la liberación de microfibras en los cuerpos de agua cada vez que se lava la ropa, lo que plantea serias dudas sobre sus efectos en la salud humana.
En este contexto, la realización del Global Textile Ministerial and Industry Summit en Santiago, durante junio, se erigió como un hito significativo. Este evento reunió a más de 130 participantes, entre representantes de gobiernos, el sector industrial, organismos multilaterales y la sociedad civil de toda la región. La cumbre, en el marco de la ONU, puso por primera vez sobre la mesa la sustentabilidad en la industria textil dentro de un país del sur global. La elección de Chile como sede es emblemática, ya que el país refleja tanto la urgencia de la problemática como la capacidad para responder, evidenciada en avances hacia una economía circular y la implementación de la Responsabilidad Extendida del Productor.
Un aspecto destacado de esta cumbre fue la oportunidad de abordar la complejidad del desafío desde una perspectiva latinoamericana. La industria textil trasciende un simple problema técnico de materiales o reciclaje; es un sistema económico y social diverso que involucra a miles de personas, muchas de ellas mujeres, que operan en distintos niveles de formalidad y enfrentan variadas realidades de consumo y capacidades productivas.
Uno de los aprendizajes clave fue el reconocimiento de que no existe una solución única. América Latina enfrenta una mezcla singular de sobreconsumo en ciertos sectores y acceso limitado en otros, además de contar con economías informales que sostienen gran parte de la reutilización textil. La multimaterialidad de productos en esta industria también complica el reciclaje. A ello se suman desafíos como el uso intensivo de químicos sin suficiente trazabilidad y la aparición de plataformas digitales que diluyen responsabilidades a lo largo de la cadena de suministro.
Ante este panorama, la discusión no debe limitarse al reciclaje. La transición hacia una economía circular implica replantear el diseño de productos, utilizar materiales más simples y sostenibles, ajustar los modelos de negocio de las marcas, y fomentar prácticas como la reparación, la reutilización y el intercambio. Es crucial cambiar la percepción de valor sobre la ropa que utilizamos, de manera que un producto extremadamente barato deje de ser visto como una oportunidad y comience a suscitar cuestionamientos.
La política pública juega un papel esencial en este cambio. Instrumentos como la Responsabilidad Extendida del Productor ofrecen oportunidades viables, pero es fundamental que se diseñen con pragmatismo y comprensión de las realidades locales. La cumbre demostró que, cuando las señales regulatorias son claras, la economía responde facilitando el financiamiento y alineando los incentivos para activar nuevos modelos de negocio.
Es relevante señalar que abordar este desafío de manera fragmentada podría resultar en una pérdida de oportunidades para América Latina. A pesar de las diversas realidades en la región, es posible establecer una postura común con estándares mínimos que faciliten avances en trazabilidad, ecomodulación y sostenibilidad. Esto incluye la posibilidad de crear un pasaporte digital para la ropa exportada o incentivos específicos. Este enfoque busca no replicar modelos de Europa o América del Norte, sino construir un sistema propio que respete las particularidades del territorio.
El impulso generado durante la cumbre en Santiago ya está produciendo efectos, con un creciente interés en otros países de la región por replicar este tipo de encuentros y avanzar hacia una agenda común que permita resultados concretos, especialmente en foros globales como la COP 31. La clave ahora es mantener ese ímpetu y avanzar de la discusión a la implementación de acciones tangibles. La transición hacia una industria textil más sostenible exige decisiones coordinadas y una visión compartida, una perspectiva que comienza a forjarse desde América Latina.