Las tropas chilenas que participaron en las campañas de San Martín hicieron del barrio del Malambo en Lima un punto de encuentro popular. Entre sus atracciones, destacaba una vendedora que se convirtió en un ícono local: la negra Rosalía. Situada cerca de una antigua iglesia al lado del Rímac, Rosalía ofrecía una variedad de dulces que atraía a los soldados. Sin embargo, su especialidad eran los picarones, un dulce frito que, según sus palabras, tenía un carácter dual: «picaban» cuando estaban calientes, pero se volvían sumamente agradables una vez que se enfriaban.
El historiador Eugenio Pereira Salas documentó este relato en su obra Historia de la Cocina Chilena, publicada en 1943. Décadas más tarde, en 1987, el gastrónomo Hernán Eyzaguirre abordó la historia de Rosalía desde una perspectiva diferente. En su libro El sabor y saber de la Cocina Chilena, sugirió que Rosalía podría haber sido chilena, quien emigró a Perú de niña y regresó a Chile alrededor de 1840, consolidándose en Santiago al ofrecer sus codiciados picarones en la esquina de Teatinos con Santo Domingo.
Independientemente de la verdadera procedencia de Rosalía, lo innegable es que los picarones, una masa frita dulce en forma de anillo y con raíces en los tradicionales buñuelos españoles, se han arraigado en la cultura culinaria chilena. Cada invierno, este dulce se replica en cocinas tanto públicas como privadas, manteniendo viva la tradición de un producto que se ha convertido en símbolo de reunión y sabor en Chile.