El uso de la narrativa política en el Gobierno de México
En el contexto actual, cada Gobierno implementa su propio lenguaje y conceptos, desde eslóganes hasta políticas públicas, buscando no quedar rezagados en la historia. Este fenómeno incluye la manipulación de términos como «enemigo», «oligarcas» y «nacionalismo». En este escenario, se observa también que ciertos vocablos han caído en desuso, reflejando un desgaste del lenguaje político. En particular, dos términos que han perdido su significado en México son «izquierda» y «autonomía».
La desaparición de la izquierda en México
La izquierda ha prácticamente desaparecido del paisaje político mexicano, un hecho infligido por el partido Morena. A pesar de que su presidenta tiene raíces en la izquierda, muchos de los líderes y gobernadores del movimiento provienen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), relegando a los auténticos izquierdistas. Este fenómeno no es nuevo; ya se había gestado desde que los priistas absorbieron lo que solía ser la izquierda, culminando en el nacimiento del PRD y posteriormente, del morenismo.
Un gobierno que impone el servicio militar a los jóvenes y que mantiene una presencia militarizada en el país no puede considerarse de izquierda, al igual que uno que niega acceso al agua a los campesinos o que amenaza a la juventud. Así, la izquierda en México se ha convertido en un mero recuerdo, solo presente en artículos nostálgicos y discusiones académicas.
El concepto de autonomía en entredicho
Por otro lado, el término «autonomía» ha sido también relegado en el discurso político. Históricamente, durante el periodo neoliberal, se buscaba limitar el poder del presidente mediante la creación de órganos autónomos, distribuyendo el poder entre partidos. Esto cambió la dinámica del Ejecutivo, que quedó restringido a funciones protocolarias.
Esta proliferación de autonomías, concebida como una medida para establecer un poder transexenal, encontraba defensores entre figuras de la comentocracia, como Denise Dresser y Claudio X. González, quienes argumentaban a favor de un sistema que, a menudo, resultaba en chantajes al Ejecutivo. Sin embargo, en la práctica, estos mecanismos de control se convirtieron en herramientas para desvirtuar el funcionamiento gubernamental.
La farsa del nombramiento en la Fiscalía de Justicia
El nombramiento de Ernestina Godoy como fiscal es un claro reflejo de esta dinámica de simulación. Con una autonomía prácticamente inexistente, muchos consideraron que debería haberse reformado la ley y permitir que el presidente nombrara al fiscal. La estructura actual implica que Godoy debe rendir cuentas no solo a la sociedad, sino también a la presidenta, lo que pone en entredicho la independencia de la Fiscalía.
Las celebraciones en torno al nombramiento de Godoy evidencian una falta de sinceridad. Se ha sugerido que la presidenta, al año de asumir el poder, comenzó a hacer nombramientos estratégicos después de haber estado supuestamente limitada. Esta aparente autonomía en la Fiscalía destaca la ineficacia del actual régimen en la materia de justicia, algo que no puede ser ocultado por los seguidores del Presidente.