Concierto en la Filarmónica de Nueva York: La Sinfonía N° 11 de Philip Glass
Una tarde de mayo, con un clima cálido y húmedo, se perfila como el inicio de un verano intenso. Sin embargo, toda la atención se centra en un evento destacado: un concierto en la Filarmónica de Nueva York, bajo la batuta del reconocido director Gustavo Dudamel, donde se interpretará la aclamada Sinfonía N° 11 del compositor Philip Glass.
La llegada al concierto
Al entrar en la sala, me sorprende el público ya sentado en sus asientos. Mientras camino hacia el mío, me cruzo con un hombre mayor. Mi atención se distrae al reconocer a John Adams, un célebre compositor estadounidense, sentado justo detrás de mí. En mi maniobra, accidentalmente tropiezo con el tobillo del hombre, quien levanta la vista, y entonces lo veo: es Philip Glass. Un momento de confusión me embarga, y en lugar de excusarme adecuadamente, me limito a un gesto de disculpa y continúo hacia mi asiento.
Momentos de reflexión
Mi mente se llena de pensamientos sobre cómo podría presentarme y agradecerle. Su música, que descubrí en mi adolescencia, ha marcado momentos significativos de mi vida, evocando recuerdos de mis abuelos y el impacto que su Concierto para timbales y orquesta tuvo en una relación reciente. Sin embargo, la timidez me invade; me pregunto si realmente debería interrumpirlo.
Decido esperar al intermedio para acercarme, pero la conversación con un director venezolano a mi lado me retiene. Su relato sobre la Sinfonía de los Salmos y la renovación de la sala me absorbe, y cuando finalmente me escapo, descubro que Glass no está en su asiento. Al comenzar su sinfonía, el ambiente se transforma en un espacio lleno de emoción.
El impacto de la música de Glass
En el primer movimiento, saco un momento para observar a Glass. Aunque mi pareja sostiene que no podía haberlo visto emocionado, prefiero mantener esa imagen en mi memoria. Recuerdo la primera vez que escuché su música, a los diez años, gracias a mi abuelo. Aquel Cuarteto de cuerdas N° 3 me resultó tan intenso que lo descarté, sin comprender la grandeza del compositor. Durante años, su trabajo ha evolucionado hasta convertirse en parte esencial de mi vida.
La espera y el encuentro
Después de experimentar la obra de Glass en su totalidad, el aplauso es ensordecedor. Dudamel se esfuerza por redirigir la admiración hacia el compositor. En ese momento, me encuentro hablando con Dudamel sobre Santiago y su reciente visita, mientras mi nerviosismo crece al ver a Glass, rodeado de admiradores. La ansiedad me impide acercarme, y cuando finalmente decido sumarme a la fila, una conversación con un miembro de la Filarmónica me distrae. Al finalizar, me doy cuenta de que Glass ha desaparecido.
Reflexiones post concierto
En los días siguientes, me pregunto qué hubiera dicho si hubiera podido hablar con él. Philip Glass cumplió 89 años recientemente, y su influencia sigue viva. Me gustaría preguntarle sobre sus inicios en galerías y clubs, o sus disputas con Steve Reich, pero, sobre todo, darle las gracias. Su música ha sido la banda sonora de mi vida, acompañándome en momentos de crecimiento, amor, risa y sufrimiento. Aunque la crítica del concierto fue dura, quienes estuvimos presentes disfrutamos de la profunda conexión que su Sinfonía N° 11 logró establecer con nosotros. Por eso, en homenaje a su cumpleaños, debo expresar: muchas gracias, Philip Glass.