Pocos momentos ilustran con mayor claridad la postura de la derecha chilena que la reciente intervención del diputado republicano Agustín Romero durante una sesión en el Congreso Nacional en Valparaíso, Chile. En su alocución, Romero utilizó repetidamente el término “humanoides” para referirse a los individuos que realizan desmanes en protestas escolares, lo que generó un fuerte impacto mediático y en las redes sociales.
A pesar de los intentos de la diputada RN Ximena Ossandón por corregirlo, Romero mantuvo su provocativa elección de palabras, mostrando un desafío al protocolo del debate. Su permanencia en el uso del término parece haber sido una estrategia deliberada, ya que el legislador aseguró: “yo trato (a la gente) como quiero, si no me llevan a (la comisión de) ética”. Esta afirmación no solo refleja su desdén por las normas, sino que también busca capitalizar el apoyo de sus seguidores en línea, quienes lo apoyan en medio de las críticas.
La intervención del diputado ha generado un clima de polarización en la política chilena, donde distintos sectores han reaccionado de manera intensa. Sus seguidores aplauden su retórica desafiante, mientras que sus detractores, incluyendo figuras de su propio sector como Ossandón y Diego Schalper, son blanco de burlas y ataques en el ámbito digital.
Este tipo de discursos que buscan provocar han sido comunes en la escena política chilena, donde el uso de términos controvertidos puede traducirse en una mayor visibilidad y popularidad entre ciertas bases electorales. La estrategia de Romero pone de relieve las tensiones existentes dentro de Chile Vamos y las dinámicas de la política contemporánea en el país.
La gestión de las palabras y mensajes en el contexto actual continúa siendo un tema central en el debate político chileno, donde cada intervención puede tener repercusiones significativas en la opinión pública y en la relación entre los distintos actores políticos.