Camilo: Recordando su legado 60 años tras su fallecimiento

Camilo: Recordando su legado 60 años tras su fallecimiento

“Yo no voy a discutir con los comunistas si el alma es mortal o inmortal. Pero me puedo poner de acuerdo en que el hambre es mortal.”

Esta frase, cargada de idealismo y pragmatismo, refleja la visión de Camilo Torres Restrepo sobre la necesidad de la acción social. Para Torres, el ‘amor eficaz’ se traducía en un compromiso real con la vida de los pobres, evitando caer en debates teológicos que distraen de la urgencia de atender el hambre y la pobreza. Su propuesta implica transformar la compasión en acción concreta, organizando un amor que busca eliminar el sufrimiento humano mientras otros se preocupan por cuestiones espirituales.

Reflexión sobre la lucha revolucionaria

Al conmemorarse sesenta años de la muerte de Camilo Torres y ante el posible hallazgo de sus restos, es imperativo reconsiderar el significado de la lucha revolucionaria en Colombia. Este país ha vivido bajo la sombra de conflictos incluso después de que la Guerra Fría concluyó globalmente hace más de tres décadas. Los años de bachillerato, con guitarras y canciones de protesta resonando en las aulas, evocan las influencias de movimientos sociales y culturales, como el mayo del 68 y el festival de Woodstock, que cuestionaron el orden establecido y se manifestaron en contra de conflictos bélicos, como la guerra de Vietnam. La imagen de Camilo Torres se alzó como símbolo en este contexto, tras su fallido combate contra el Ejército el 15 de febrero de 1966, en Patio Cemento, San Vicente de Chucurí (Santander).

El trasfondo de su ideología

La formación de Torres como sociólogo y su ética cristiana lo llevaron a fusionar el cristianismo con el marxismo. Utilizando herramientas sociológicas, analizó la realidad colombiana y concluyó que las soluciones tradicionales eran insuficientes frente a problemas sociales de gran magnitud. Identificó una sociedad dominada por una oligarquía que concentraba todos los poderes, descartando la posibilidad de que esta minoría actuara en beneficio de las mayorías excluidas. Para Torres, el cambio de poder era tanto una necesidad para el desarrollo como un imperativo cristiano. Su visión buscaba una transformación estructural de la sociedad que permitiera cumplir con el mandato del amor al prójimo.

Ingreso al ELN

En enero de 1965, Torres comenzó a establecer contactos con la comandancia del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Después de renunciar al sacerdocio en junio de ese año, visitó un campamento guerrillero en Santander. Optó por el activismo político activo hasta ser requerido como guerrillero, lo que ocurrió el 18 de octubre de 1965. Recibió instrucción militar, pero su decisión de unirse a la insurgencia armada representa una etapa crítica en su vida.

A medida que crecía su relevancia como líder social, su mensaje de transformación resonó ampliamente entre estudiantes, obreros y campesinos. El Frente Unido del Pueblo se convirtió en un referente al agrupar a diversos sectores de la sociedad, erosionando las bases del pacto bipartidista que caracterizó la política colombiana. Sin embargo, su muerte convirtió su imagen en un mito de la lucha armada, en paralelo a figuras como el Che Guevara.

Un balance necesario

El aniversario de su muerte plantea interrogantes sobre el impacto de su legado en el ELN. La revolución que alguna vez prometió esperanza se ha desvirtuado, y muchos que se envolvieron en sus banderas han perdido sus vidas en un contexto de criminalización. Según especialistas como Carlos Medina Gallego, el ELN se ha transformado en una estructura vinculada a actividades del narcotráfico y la minería ilegal, con militancias desprovistas de formación política sólida.

La realidad actual es compleja y dolorosa. Jóvenes campesinos, sin opciones de vida digna, son atraídos hacia el conflicto, convencidos de que su participación en esta “guerra de resistencia” es un acto heroico, cuando en realidad pueden estar alimentando redes criminales. La presencia del ELN en territorios como Venezuela se justifica bajo una apariencia de defensa armada, pero es, en esencia, una lucha por el control de recursos naturales como el oro y el coltán, elementos codiciados en un contexto de economía ilegal.

La figura de Camilo Torres no debe ser instrumentalizada como bandera de un conflicto que fracasó en sus objetivos originales. Su legado debe enfocarse en promover amor y solidaridad hacia los sectores más vulnerables de la sociedad colombiana, un llamado a la paz en un entorno aún marcado por la inequidad.

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