Un fragmento del pasado chileno refleja la violencia que asoló el país en épocas de bandolerismo y bandidaje. Un historiador capturó la esencia de estas atrocidades al señalar que “en medio de esos llanos se aposentan cierta clase de bellacos que se suelen levantar varias cuadrillas de salteadores”, lo que resultó en robos, asesinatos y violaciones. Este análisis fue incorporado por Juan Carlos Muñoz Castro en su tesis titulada Bandolerismo y violencia política en los campos de Chile central: el caso de los bandidos de los cerrillos de Teno, 1820-1860, presentada en la Universidad de Concepción en 2021.
Según Muñoz, el fenómeno del bandolerismo comenzó a ser un serio problema en las posesiones americanas desde el siglo XVII, debido a la combinación de varios factores. La formación de la sociedad rural, la llegada de varios tipos de ganados y un rígido sistema de castas, derivados del mestizaje, crearon un terreno fértil para el surgimiento de bandas de marginados. Estos individuos, huyendo de las haciendas y de la justicia, encontraron refugio en montes y parajes desolados, dedicándose al pillaje, al robo de ganado y al asalto en caminos.
Miguel de Olivares, cronista del siglo XVIII, estimó que alrededor de doce mil bandoleros operaban en el reino de Chile, mientras que el historiador Mario Góngora observó un aumento de personas “ociosas” y “vagantes” durante las décadas de 1750 y 1760. En este contexto, las bandas se volvieron audaces, llegando a sustraer rebaños enteros de ganado. Este panorama generó la impresión de una “epidemia de bandolerismo rural”.
Un evento relevante ocurrió el 25 de febrero de 1672, cuando el español Luis del Valle falleció a causa de un ataque de salteadores, como consigna su certificado de entierro firmado por el cura de Chimbarongo. Entre 1755 y 1761, bandas de salteadores sembraron el terror desde los fuertes del Bío-Bío hasta los suburbios de Santiago, según el relato de Francisco Antonio Encina.
El bandidaje en tiempos de la Independencia
Después de la primera Junta de Gobierno en 1810, la situación del bandolerismo no mejoró. En medio de la guerra de guerrillas por la independencia, surgieron grupos desorganizados sin motivaciones ideológicas claras. Hasta finales de la década de 1820, el bandidaje persistió, caracterizándose por la actividad de las bandas al margen de los conflictos patrióticos.
Entre las figuras destacadas de esta época se encuentran José Miguel Neira, líder de Los Neirinos, los hermanos Pincheira y Vicente Benavides. Este último, inicialmente aliado a los patriotas, se destacó por su ferocidad al liderar guerrillas realistas hasta su captura y ejecución en 1822. Sin embargo, el fenómeno del bandidaje continuó más allá de este período.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, personajes como Ciriaco Contreras y Pancho Falcato emergieron como notables figuras del crimen. En la primera mitad del siglo XX, El Huaso Raimundo y El Ñato Eloy dejaron una huella negativa en la memoria colectiva.
Representaciones literarias del bandolerismo
Este oscuro capítulo en la historia chilena ha sido profundamente explorado en la literatura. Enrique Lihn, en la introducción de su obra Diez cuentos de bandidos, señala que “los bandidos -perseguidos y perseguidores- corren a campo traviesa por la literatura chilena.” Los escritores no solo impregnan sus narrativas con estilo propio, sino que también documentan sus visiones sobre los procesos históricos. Según Lihn, es esencial observar cómo la literatura se transforma junto con la sociedad en momentos de tensiones.
La antología de Lihn abarca a autores desde Baldomero Lillo (Quilapán) hasta Guillermo Blanco (La Espera), pasando por Olegario Lazo (Complot) y otros. Rafael Maluenda, considerado un especialista en este género, también contribuyó con su obra Historias de Bandidos, donde narra la historia de Ciriaco Contreras, entre otros personajes.
Lihn destaca que los protagonistas de estos relatos son hombres recios, moldeados por sus circunstancias, mientras que la representación de mujeres es casi inexistente. Aunque la ambientación generalmente es rural, también comienzan a aparecer crímenes en entornos urbanos, manifestando las tensiones de quienes actúan al margen de la ley y el sufrimiento de sus víctimas.
Guillermo Blanco y el suspenso en la narrativa
Guillermo Blanco sobresale entre los autores que capturan la angustia provocada por la violencia. Su relato La Espera retrata la desesperación de una esposa que, al intentar defenderse de un asaltante, hiere a su esposo, llevándola a una situación trágica. La historia culmina en un tenso suspenso que resuena con fuerza:
“La puerta se abrió, dejando entrever una masa de sombra más densa. Disparó. Se escuchó un murmullo quejumbroso, breve; luego el caer de un cuerpo al suelo…”
Los ecos de este inquietante final perduran en la memoria de los lectores, recordando que el legado del bandolerismo sigue presente en la narrativa chilena hasta nuestros días.