Pasillos de la Universidad de Santiago. Recuerdos de la Universidad Técnica del Estado (UTE), actual Universidad de Santiago (Usach), donde mis padres argentinos trabajaron desde 1967 tras salir de Argentina por el golpe de Estado de Juan Carlos Onganía. Ellos, parte de una diáspora de científicos de la Universidad de Buenos Aires, a menudo nos llevaban a mi hermana y a mí a la universidad. Jugar en esos pasillos y patios de mediados de los años 70, donde alguna vez estuvo Víctor Jara, me dejó una profunda impresión. (Avenida Libertador Bernardo O’Higgins 3363, Estación Central).
Esquina de las calles Huérfanos y Libertad. Durante un viaje a Bogotá, me sorprendió la originalidad de los nombres de calles. A mi regreso, decidí explorar Santiago en busca de intersecciones interesantes. La esquina de Huérfanos y Libertad se convirtió en mi favorita, no solo por su arquitectura decimonónica, sino también por la historia que sugiere: una orfandad que busca emanciparse.
Teatro La Comedia. En este teatro de íntimas butacas, vi por primera vez una obra que me impactó profundamente: Primavera con una esquina rota, del grupo Ictus, en 1985 durante la dictadura. Los secuestros de figuras como Santiago Nattino y José Manuel Parada marcaban la cruel realidad de la época. Esta obra era un reflejo del dolor y la esperanza, encapsulando la esencia del teatro como un espacio de resistencia. (Merced 349).
Zoológico de Santiago. A pesar de mi postura crítica hacia el cautiverio animal, el Zoológico de Santiago ocupa un lugar especial en mis recuerdos. De niña, acompañaba a mi padre a dibujar animales, una actividad que cultivó mi observación y creatividad. Más recientemente, acompañé a la escritora argentina Hebe Uhart en su visita al zoológico, donde su fascinación por los primates fue inolvidable. (Pío Nono 450, Recoleta).
Letrero de Valdivieso. Este emblemático letrero, que ha estado en la azotea del edificio en General Bustamante 96 por más de setenta años, es hoy un Monumento Histórico. Su presencia, con luces de neón que titilan, es un símbolo vibrante de la ciudad, recordando momentos de celebración que trascienden el tiempo. (Esquina de Bustamante con Rancagua, Providencia).
Persa Biobío. Entre las vastas ofertas del mercado persa de Franklin, mi lugar favorito es el taller del artista Alejandro Mono González. Su trabajo, que incluye afiches y murales, refleja su compromiso con el arte urbano y su conexión con la comunidad. Su presencia en el Persa, lejos de los circuitos artísticos tradicionales, destaca su visión inclusiva del arte y de la vida misma.
Caracoles comerciales. Fundados en las décadas de 1970 y 1980, los caracoles han evolucionado, ofreciendo servicios que van desde reparaciones hasta espacios para la cultura otaku. Estos lugares se han convertido en refugios del pasado, donde se mezclan la obsolescencia y la creatividad, creando un ambiente nostálgico y vibrante.
Las Lanzas. Este bar y restaurante, que ha existido desde 1955, ha sido testigo de la vida y del tiempo en Santiago. Aunque ya no está permitido fumar, el establecimiento sigue ofreciendo una rica variedad de platos tradicionales, convirtiéndose en un punto de encuentro conocido entre los santiaguinos. (Humberto Trucco 25, Ñuñoa).
Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Este museo es un espacio de reflexión necesario, un recordatorio doloroso de las atrocidades cometidas por el Estado en Chile. Documenta historias personales, como la tortura de amigos y el exilio de seres queridos, subrayando la importancia de la memoria en nuestra sociedad. (Avenida Matucana 501).
Río Mapocho. Este río, que es el corazón geográfico de Santiago, simboliza tanto la vida como el sufrimiento de la ciudad. Su caudal ha sido testigo de momentos de belleza y tragedia, reflejando las dualidades de Santiago.