Durante la dictadura, el periodista Emilio Filippi Murato adoptó una peculiar costumbre: mantener en el bolsillo de su chaqueta un billete de cien dólares. Esta medida, que hoy podría parecer absurda, era una precaución ante la posibilidad de ser detenido y enviado al extranjero. A lo largo de su carrera, enfrentó amenazas y riesgos no solo por su labor como comunicador, sino también por su compromiso con la verdad.
Un episodio significativo de su vida ocurrió cuando una cabeza de chancho con una bala en la frente fue lanzada a su jardín, situación que ilustra el peligro que enfrentaban los periodistas de la época.
Trayectoria Profesional de Emilio Filippi
Emilio Filippi comenzó su carrera periodística de forma temprana en La Voz de Villa Alemana. Aunque había estudiado Leyes en Valparaíso, su pasión por el periodismo lo llevó a redactar para el diario La Unión en 1949. En 1956, se trasladó a Concepción, donde trabajó en El Diario de radio Cooperativa.
En su rol como director del diario Crónica y más tarde de El Sur, se convirtió en una figura respetada, apodado cariñosamente ‘Don Emilio’. En 1960, durante el devastador terremoto que afectó a Concepción y Valdivia, mantuvo su compromiso informativo despachando reportajes desde su auto, asistido por su esposa, que ilumbraba sus notas con una linterna.
Este esfuerzo fue reconocido en 1962 con el premio SIP-Mergenthaler de la Sociedad Interamericana de la Prensa (SIP), en reconocimiento a su dedicación a mantener la continuidad informativa durante tiempos difíciles.
Ercilla y la Modernización del Periodismo
En 1965, Filippi se trasladó a Santiago como gerente de publicaciones de Zig-Zag. Tres años después, asumió la dirección de Ercilla, donde implementó cambios significativos en el formato y contenido de la revista, transformándola en un referente del periodismo interpretativo en Chile. Este enfoque, inspirado en el estilo de la revista estadounidense Time, permitió un análisis más profundo de los acontecimientos.
A finales de los años 80, con el país comenzando a salir de la dictadura, Filippi enfatizó en una conferencia en Valparaíso la importancia de la democracia como un modo de vida, lejos de ser solo una mera declaración de principios.
A pesar de las adversidades de la dictadura, Filippi mantuvo su compromiso en el país, siendo invitado a participar en importantes foros en Estados Unidos y Europa. Resaltó la necesidad de la participación ciudadana en la democracia, enfatizando que votar era solo el primer paso en un proceso complejo.
Su último gran proyecto fue el diario La Época, que marcó el regreso a la democracia en Chile. Después de contribuir a la transición política, fue nombrado embajador en Portugal durante el gobierno de Patricio Aylwin. Filippi falleció en 2014, tras regresar a Chile con la salud quebrantada.
Contribuciones al Gremio y la Educación
Filippi también dejó una huella notable en el gremio periodístico, liderando el Colegio Nacional de Periodistas entre 1967 y 1968. A lo largo de su carrera, escribió numerosas columnas editoriales y libros significativos, entre ellos Anatomía de un fracaso (1973) sobre la experiencia socialista chilena, y Libertad de pensar, libertad de decir (1979), defendiendo el derecho a la libre expresión.
En 1983, en su obra La Fuerza de la Verdad, destacó que el periodismo bien hecho tiene proyecciones difíciles de anticipar, subrayando su impacto en la sociedad. Ya en democracia, publicó Fundamentos del periodismo, un compendio que fusiona conceptos tradicionales con sus experiencias en la enseñanza del periodismo en universidades chilenas.
Filippi fue reconocido en 1988 como presidente honorario de la Asociación binacional de Periodistas, y recibió distinciones internacionales, incluidos premios del Rey de España y el María Moors Cabot, de Columbia.