Las redes sociales han revivido un fenómeno nostálgico: compartimos fotos de nuestra juventud, donde éramos fiesteros y viajeros, exhibiendo sonrisas sin arrugas. Este ritual de recordar el año 2016 se ha convertido en un meme que muchos consideran un momento «espontáneo, libre y feliz». Sin embargo, existe un contraste significativo: si bien algunos ven 2016 como el mejor año de la historia, otros lo adjudican como el peor, el año que marcó el inicio de múltiples crisis que aún nos afectan.
El año comenzó con la muerte del icónico músico David Bowie, un suceso que alertó a muchos sobre la falta de estabilidad. Varios otros íconos culturales como Prince, Umberto Eco y Leonard Cohen también nos dejaron en ese mismo año. En el ámbito global, eventos dramáticos como la declaración de emergencia por zika por parte de la OMS, atentados en Niza, Berlín, Bruselas y Estambul, y la muerte de la política Jo Cox, nos recordaron el clima inestable que se vivía. La victoria del Brexit y la elección de Donald Trump también marcaron un cambio en la percepción política mundial, mientras que la crisis de refugiados evidenció la ruptura de consensos sobre derechos humanos en Europa.
El analista John Oliver resumió la frustración de muchos: sus espectadores expresaron su descontento con el año a través de un sonoro «fuck you» a 2016. La palabra «posverdad» fue elegida por el diccionario de Oxford para definir ese año, mientras que Fundéu optó por «populismo» y el Merriam-Webster por «surrealista». Una encuesta de YouGov reveló que dos tercios de los europeos consideraban 2016 un año negativo para el mundo, y otros estudios de Ipsos corroboraron que la desconfianza en los sistemas estaba en aumento, especialmente en España.
2016 no solo representó un mal año; también planteó un nuevo marco mental global. Se convirtió en el año más caluroso desde que se tienen registros, y los niveles de desconfianza y polarización aumentaron, alimentando una cultura de desinformación que continuamos sufriendo hoy. Mientras que algunos añoran ese año como el último sin la influencia de los algoritmos, hoy enfrentamos los efectos de la manipulación digital que desestabilizó democracias en el pasado. Irónicamente, ahora celebramos ese año en plataformas como Instagram, que también pertenece a Mark Zuckerberg.
Recientemente, el meme nostálgico de 2016 ha tomado un giro más crítico. Muchos preguntan cuánto pagaban de alquiler en ese entonces, reflejando una creciente insatisfacción económica. Este contexto económico no justifica una visión romántica de 2016; es crucial reconocer que los fallos en la gestión pública han marcado los años posteriores. La filósofa Clara Ramas, en su obra El tiempo perdido, aborda cómo la nostalgia a veces se convierte en un relato que anhela un pasado idealizado que nunca existió, instando a vivir en el presente en lugar de hacer la guerra al tiempo actual.
La nostalgia, si bien puede parecer entrañable, también puede ser un indicador de desmemoria colectiva. Para evitar caer en ese error, necesitamos un enfoque optimista que celebre el futuro. Por ello, en lugar de aferrarnos a los recuerdos de 2016, es imperativo esperar que 2026 sea un año vibrante y diferente. La esperanza radica en aprender de las lecciones del pasado, permitiendo que la historia guíe nuestras decisiones hacia un futuro mejor.