Democracia Lenta: La Propuesta de Aceleracionismo de Izquierdas

Democracia Lenta: La Propuesta de Aceleracionismo de Izquierdas

La tercera y última temporada de Baron noir, una serie de Canal Plus, representa de manera impactante el ascenso de un barón del socialismo francés a la presidencia de su país. En una trama que resuena con la realidad política actual, se muestra cómo un candidato outsider, que proviene del dinámico entorno de las redes sociales, casi logra ganar unas elecciones presidenciales en un país relevante. Este fenómeno resalta un defecto estructural en las democracias representativas y liberales: aunque estas garantizan libertades e igualdades formales, su rendimiento práctico y representatividad sociológica a menudo dejan mucho que desear.

En todas las democracias, incluyendo la chilena, la representación de trabajadores manuales y obreros en el Congreso es mínima. La escasa presencia de estos sectores se traduce en una casi ausencia en la cámara alta. Cuando existen excepciones, estas son vistas como milagros políticos, dado que los obstáculos para su inclusión son considerables, incluso por parte de los partidos de izquierda. Aunque la inclusión de representantes de clases sociales desfavorecidas podría hacer la democracia más inclusiva, no hay garantía de una mejora en su calidad.

La verdadera dificultad radica no solo en los sesgos sociales de la representación, sino también en la velocidad de la mismo y en la certeza de que los intereses de los distintos grupos sociales están siendo atendidos. Las derechas radicales han capitalizado este desafío en su enfrentamiento a las fuerzas liberales y socialistas, que históricamente han defendido la democracia representativa y liberal, así como los derechos sociales y las libertades políticas. Este contexto genera una paradoja: mientras que las izquierdas han cuestionado el liberalismo en el pasado, hoy ambas fuerzas se ven amenazadas por nuevas derechas de carácter radical y nativista.

La democracia contemporánea enfrenta un problema crítico: su inercia y lentitud. El ritmo de los procesos democráticos no se alinea con las demandas inmediatas de la sociedad actual. La cultura de la inmediatez, potenciada por las redes sociales, ha transformado las expectativas respecto a la política. A medida que las personas buscan soluciones rápidas para sus necesidades y deseos, los mecanismos democráticos tradicionales parecen obsoletos.

La solución al desajuste entre la velocidad democrática y la urgencia social no es simple. La política tradicional debe responder rápidamente a estas necesidades, o al menos dar la impresión de que están siendo atendidas. Las extremas derechas, al actuar sin el escrutinio de las normas establecidas, han mostrado una notable eficacia en este sentido. Ejemplos como los gobiernos de Bukele en El Salvador y Donald Trump en Estados Unidos ilustran este aceleracionismo político que deja a liberales y a diversas izquierdas en una posición vulnerable.

En este contexto, es crucial que las izquierdas no se queden atrapadas en ideales irrealizables, como la promoción de una democracia directa. Un análisis reciente realizado por Srnicek y Williams destaca la necesidad de un “aceleracionismo realista” que no ignore las certezas que aún ofrece la democracia representativa. Propuestas como el uso de mecanismos de sorteo en la toma de decisiones podrían ser una alternativa valiosa, al permitir una mayor representación sin sucumbir a la velocidad abrumadora que caracteriza a la política actual.

Es fundamental que los procesos políticos y judiciales se agilicen para evitar la frustración social que puede derivar en estallidos. La lentitud en la tramitación de proyectos de ley y fallos judiciales se traduce en indignación, algo que se ha manifestado en múltiples estallidos sociales. El diálogo entre figuras como Adam Michnik y Jürgen Habermas subraya la necesidad de redefinir el socialismo como “la democracia radical”, buscando domesticar el capitalismo a través de un estado social más equitativo.

Las izquierdas deben distinguir entre democracias de necesidades y democracias de deseo. La primera debe prevalecer, sin olvidar que el deseo también representa un motor importante en la política. El populismo a menudo apela al deseo, mientras que las izquierdas, al representar intereses, necesitan priorizar el funcionamiento eficiente de la democracia. La tendencia de centrar la política en el deseo podría llevar a la disolución de las democracias representativas, creando regímenes que no funcionan en el interés general.

¿Está existiendo la democracia en el ámbito del deseo?

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