En las últimas semanas, el panorama político global ha experimentado eventos significativos. Mientras el presidente Donald Trump se enreda en contradicciones en su conflicto no declarado con Irán, la reciente derrota del primer ministro húngaro Viktor Orbán y su proyecto iliberal podría marcar un punto de inflexión. Este cambio se suma a la crisis de gobiernos iliberales en Europa y sigue el ejemplo de Polonia, lo que representa una noticia alentadora para el progreso democrático. La derrota de Orbán destaca un giro táctico del progresismo, que, debilitado, ha optado por unirse a la centroderecha, buscando derrotar a fuerzas más extremas. Este cambio de estrategia podría ofrecer lecciones para otras izquierdas, como la chilena, que enfrentan dificultades para alcanzar mayorías.
Un indicio de este nuevo rumbo es la reciente postura de Giorgia Meloni, jefa del Gobierno italiano, quien se distanció de Estados Unidos y su implicación en Irán, afirmando que “no es nuestra guerra”, y suspendió un acuerdo de defensa con Israel. Esta ruptura en las relaciones con la Casa Blanca refleja una tendencia en líderes europeos a cuestionar la influencia estadounidense, un fenómeno también observado en Marine Le Pen, líder ultraderechista francesa, quien reafirmó su postura soberanista respecto a las políticas de Trump.
Sin embargo, es importante observar que el progresismo y la izquierda no han sido protagonistas en estos cambios, lo que refleja su debilitamiento actual. Esto se debe, en parte, a su desconexión con su base tradicional, incluyendo a los trabajadores manuales. A pesar de esto, las elecciones legislativas recientes en Bulgaria resultaron en la victoria de un primer ministro pro-ruso, lo que muestra la complejidad de la situación en Europa, donde la erosión de las democracias liberales ha sido eficazmente capitalizada por la derecha radical.
La cumbre progresista (Global Progressive Mobilisation) celebrada en Barcelona ha llegado en un momento clave, con un notable ir y venir de líderes de diversas tendencias progresistas. La convocatoria reunió a jefes de Estado y líderes de centroizquierda de todo el mundo, y su lema, «En defensa de la democracia», subraya la reemergente energía dentro del progresismo global. Este evento marcó un cambio de mentalidad, promoviendo un clima optimista en medio de un contexto internacional complicado, donde el legado de Orbán y el ascenso de figuras como Pedro Sánchez han renovado las esperanzas dentro del sector progresista.
Durante la cumbre, se escucharon reflexiones provocadoras, como la de Lula, quien se cuestionó por qué las personas deben estar pendientes de un tuit presidencial cada día. Asimismo, el expresidente chileno Gabriel Boric hizo hincapié en que la democracia no es un estado natural, planteando interrogantes relevantes en torno al futuro del progresismo.
El lenguaje de las izquierdas ha enfrentado críticas por volverse obsoleto, utilizando fórmulas que pueden sonar ajenas al contexto actual y alejadas de las preocupaciones de la población. Esta desconexión se ha hecho más evidente, dado que los ideales de igualdad parecen ser menos emocionales y más difíciles de imaginar que la desigualdad existente. Tal dilema subraya la crisis interna del proyecto económico de las izquierdas, que ha perdido fuerza en su propuesta para reformar un sistema capitalista que en ocasiones parece defenderse.
Aunque estas cuestiones aún no tienen respuestas definitivas, han comenzado a ser planteadas por actores del progresismo, lo que indica un signo de evolución. La reorientación del Frente Amplio de Chile, alejándose de tendencias populistas, sugiere una nueva alineación con movimientos de índole progresista a nivel global. Este cambio podría, eventualmente, conducir a una convergencia entre diferentes fuerzas políticas, aunque la relación con el socialismo tradicional del país presenta desafíos significativos.