En la actualidad, se están visibilizando oficialmente las candidaturas y elecciones al Congreso para el periodo 2026–2030, las cuales se realizaron el 8 de marzo, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer. En términos de representación femenina, se registran avances significativos: el 40,9 % de las candidaturas están ocupadas por mujeres, lo que representa un aumento en comparación con elecciones anteriores.
Este incremento es relevante, ya que sugiere, al menos de forma formal, una mayor inclusión de mujeres en el proceso electoral. Este cambio ha sido impulsado por mecanismos como las listas cerradas y de cremallera, a pesar de las críticas que han surgido en torno a ellos.
Adicionalmente, este avance refleja décadas de lucha por parte del movimiento de mujeres y el movimiento feminista en Colombia, que han promovido reformas legales, acciones afirmativas y transformaciones culturales para abrir espacios en la política. La implementación de la ley de cuotas, la presencia activa en los partidos y la presión constante por la paridad han sido fundamentales para que hoy más mujeres puedan aspirar a cargos de elección popular. Este aumento en las candidaturas representa una conquista colectiva a lo largo del tiempo.
Desigualdad en la Representación Efectiva
No obstante, al contrastar este avance con la representación efectiva en el Congreso, es decir, las curules obtenidas, la situación se torna más compleja. La Misión de Observación Electoral (MOE) ha señalado un estancamiento en la participación femenina para el periodo 2026–2030; actualmente, la representación femenina alcanza el 29,98 %, lo que indica una ligera disminución en comparación con las elecciones de 2022. Esto sugiere que, aunque se cumple formalmente con la cuota del 30%, persisten barreras estructurales que limitan el acceso de las mujeres a cargos electivos.
Tensiones en la Democracia Colombiana
La discrepancia entre el número de candidaturas y los resultados finales revela tensiones en la democracia colombiana: no es suficiente que las mujeres estén en las listas; es crucial que ocupen posiciones competitivas y de toma de decisiones. La inclusión formal no garantiza cambios sustantivos sin mecanismos eficaces de ubicación y alternancia. Aunque hay más mujeres compitiendo, esto no significa que más mujeres alcancen puestos de poder.
A esto se suma una paradoja inquietante. Algunas mujeres que logran acceder al poder lo hacen con agendas políticas de tendencia conservadora o religiosa, que frecuentemente se oponen a avances en derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género y la lucha contra la violencia de género. Este fenómeno plantea preguntas esenciales: ¿Qué implica realmente avanzar en representación política? ¿Es suficiente contar cuántas mujeres están en el Congreso, o debemos considerar también las agendas que defienden y los derechos que apoyan?
El Significado del 8 de Marzo
El 8 de marzo cobra una relevancia simbólica especial. Aunque coincide con un aumento en la participación formal de mujeres, también refleja un estancamiento (e incluso retroceso) en la representación efectiva. Además, la posibilidad de que personas con agendas regresivas lleguen al Congreso evidencia tensiones no resueltas respecto a la igualdad política y el avance de sectores conservadores.
A pesar de esto, es innegable que el hecho de que el 40,9 % de las candidaturas sean mujeres es un logro notable. Sin embargo, este hecho también nos recuerda que la igualdad no se resume a cifras y que es una responsabilidad compartida, no solo de las mujeres. La democracia paritaria requiere no solo abrir las puertas, sino asegurar que las mujeres puedan cruzarlas en condiciones equitativas y ejercer poder en contextos que no reproduzcan desigualdades históricas.
Desafíos a Futuro
El desafío es doble: primero, fortalecer los mecanismos que aseguren no solo la inclusión, sino también la efectividad de la participación política de las mujeres, como listas paritarias, alternancia real y eliminación de violencias de género en los partidos. Segundo, promover una representación que garantice derechos para mujeres, niñas y otras poblaciones históricamente discriminadas.
Así, el Congreso 2026–2030, a pesar de contar con menos mujeres, podría enfrentar debates cruciales sobre paridad política y la protección de la autonomía reproductiva de las mujeres. Este escenario no dejaría de ser una nueva paradoja en el camino hacia una democracia más inclusiva.